Cuando acabé el bachillerato, quemado por circunstancias que no vienen al caso, me decidí a estudiar Comunicación audiovisual precisamente por indecisión. La carrera era ecléctica, extraña; tenía asignaturas teóricas sobre casi todas las humanidades combinadas con asignaturas prácticas relacionadas con el cine, la radio o la televisión. A la mayoría de los alumnos las primeras mencionadas eran el trámite soporífero que pagar a cambio de las segundas. A mí, en cambio, me resultaban interesantísimas. También, gracias al último año de carrera (año posterior al confinamiento), descubrí que me gustaba más trabajar en documentales o programas culturales que en ficción. Disfrutaba mucho de los trabajos que requerían documentarse e investigar.
No pude alegrarme más de tener que irme a estudiar a Burgos, etapa que me aportó mucho, aunque también me alegré de volver. La experiencia personal fue, con sus luces y sus sombras, positiva. Sin embargo, cuatro años después, también tenía ganas del regreso. Volví a Salamanca con la idea de dedicar el año a estudiar alemán (llevaba algo de tiempo con ello), preparar un portafolios, sacarme el carnet de conducir y, entre alguna cosa que seguramente me deje en el tintero, decidir qué iba a hacer con mi vida. No había descubierto que no me gustase mi anterior carrera, pero sí había descubierto, de hecho, que no quería, al menos en ese momento irme a hacer un máster que me especializase de manera práctica en alguna de sus ramas.
Por entonces ya me había apasionado por la lingüística y poco después pensaría en hacerme profesor de español para extranjeros, por lo que me informé acerca del máster que ofrecía la Universidad de Salamanca. Sin embargo, como era de esperar, no iba a poder acceder a él con mis estudios anteriores nada relacionados con la filología.
Clásicas en Salamanca me daba la posibilidad de estudiar esas áreas que tanto me habían apasionado, de tener una base sólida para investigar en humanidades y de no hacer el desembolso de dinero y de preparación mental que supone irse a estudiar a otra ciudad. Sin embargo, el plan no estaba completo con ello. Debía encontrar una alternativa al máster (al menos por ahora) si quería dar clases de español para extranjeros. Así, me encuentro (a fecha de agosto de 2023) realizando un curso en la academia Tía Tula.
Cualquiera diría que no se me da muy bien hacer dinero por estudiar dos carreras parias, pero, en cualquier caso, si no me dan de comer la investigación, divulgación o cualquiera de las disciplinas que estoy dispuesto a estudiar, siempre quedarán las clases de español, que son oficio grato y honrado. O traducir. O vaya usted a saber.
Mucha gente no lo sabe, pero no estoy en mi primer año. Voy a comenzar el segundo y puedo decir que no se me ha dado mal a pesar de que cuando llegué aquí no sabía una palabra de latín y griego, pero eso son pormenores. El asunto es que mucha gente ni siquiera lo sabe y eso es porque conviene esperar a que las cosas den sus frutos y no vender la piel del oso antes de cazarlo. Veremos que nos deparan los días, los meses y los años. Nada me agradaría más que un trabajo que pudiera compatibilizar con las clases.